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jueves, 9 de noviembre de 2017

OFERTA Y DEMANDA

     El otro día tuve una de esas discusiones de bar que tanto me gustan en algunas ocasiones y que tanto rehuyo en otras, con un amigo mío, buen músico él, que lleva años viviendo del mundillo.Yo intentaba explicarle, para su indignación, que vivir de una actividad artística no es un derecho, sino una elección, y muchas veces suicida. Con mi intento de argumentación provoqué su ira y su marcha abrupta, por lo que no llegamos a ninguna conclusión. 
     Los artistas son gente propensa a indignarse sobre su propia situación, y eso lo comprendo, porque es jodido pelearse día sí, día también, con el mundo para ser reconocidos y conseguir un nivel de vida digno con su trabajo. Aunque, la verdad, con muy pocos trabajos se consigue hoy en día un nivel de vida digno.
     Lo que quería decirle a mi amigo, que ni lee este blog ni creo que vuelva a tener esta discusión conmigo - sin acritud, simplemente creo que hablaremos de otras cosas - es que vivir del arte, como ya he dicho anteriormente aquí, es una decisión que no tiene por qué llegar a buen puerto. Que una cosa es, en resumen, el arte y otra muy diferente el mercado del arte. Esto pasa con la música como con la literatura, y también con la pintura, la fotografía, el cine, el teatro... somos una legión de buscadores de lo imposible, de cazadores de quimeras. Así, ya en mi gremio concreto, conozco a decenas de creadores de mundos en palabras a los que sólo conocen en sus pequeños universos: el bar donde recitan, las pequeñas revistas en las que publican - por supuesto gratis - las redes sociales en las que se mueven y entre los que, si hay suerte, compran un libro autopublicado que difunden como pueden. Día tras día grandes y pequeños talentos se mueven en este subterráneo mundo de la creación literaria simplemente en busca de unos ojos piadosos que caigan sobre sus textos, como niños mendigando cariño de unos padres ausentes, y se sienten contentos con las caricias que ocasionalmente reciben. 
        La sociedad es el mercado, tristemente, así que esperar vivir de lo que uno hace simplemente porque sabemos hacerlo tiene un punto insolente, casi revolucionario, lo reconozco. El arte se somete, como todo, a la ley de la oferta y la demanda. Por supuesto que si hay demanda tiene que haber remuneración; esto es: si doy un concierto, un recital, o publico un artículo o un relato en una revista con precio de venta al público se me tiene que pagar dignamente - esto último es lo que mi amigo pensaba que yo negaba, igual no me expliqué bien -, es necesario valorar el esfuerzo y el talento, pero sólo se le puede poner precio a algo si hay alguien dispuesto a pagarlo.
     Yo tengo asumido que casi nadie me lee, que mucho menos voy a conseguir vivir de esto, pero me crecen palabras, se me revuelven dentro del cuerpo y tengo que echarlas fuera de forma irremisible. Es lo que soy, más allá del medio que escoja para poder comer cada día. Admiro muchísimo al que llega ahí, a ese punto en el que no tienen que hacer otra cosa, sean buenos o malos son trabajadores, proletarios de la palabra, de la música, de cualquier expresión que, eso sí, transforma el mundo y lo convierte en algo más que economía, lo enriquece más allá del dinero.

A mis amigos músicos, para que sigan peleando...
A Yolanda Villaverde, porque ella lo conseguirá y algún día tendré que pedirle que me recomiende.

domingo, 1 de octubre de 2017

VUELTA DE LAS VACACIONES

He estado mucho tiempo sin escribir en este blog, en parte por falta de tiempo y en parte porque mi ordenador se ha obstinado en no funcional, que ya le vale. Así, ayudado de un portátil prestado, escribo esta especie de vuelta al cole literario. Tras las explicaciones pertinentes, ahí dejo un poema como inauguración del curso nuevo:


Un día de estos
me licuaré - nos licuaremos -
en un acto último
de placer infinito,
en una comunión de alma y materia
con la que hasta los Dioses se ruborizarán;
y lo registraré,
como casi todo,
en un poema
que hará que tú también te pongas colorada
en los recitales,
en un delicioso juego
entre lo íntimo
y las palabras gritadas con dulzura
delante de todo el mundo.
En realidad,
cada verso es un susurro en tu oído,
como un secreto,
porque qué saben ellos
¿Qué saben de la semántica de nuestra piel,
del infinito léxico de nuestros abrazos
o del clímax que hace llover
sobre la hierba de nuestros afectos?
Porque al tiempo que expreso,
escondo,
como cuando te acaricio la espalda
sin que nadie se dé cuenta.
Porque es esto el amor:
una explosión en voz baja.

domingo, 14 de mayo de 2017

ME GUSTA CUANDO ESCRIBES SUCIO, FANTE

     Estoy inmerso en el ciclo Bandini, las cuatro novelas que John Fante (Denver, Colorado, 1909 - Los Ángeles, California, 1983) narra las vicisitudes de su alter ego, Arturo Bandini. Ególatra, inestable, aislado de la realidad que lo rodea y con tendencia a meterse en líos. Es, en resumen, el paradigma en el que se inspiró Bukowsky para su forma de entender la literatura. Fante no tuvo éxito hasta prácticamente el final de su vida, cuando ya, ciego y demacrado por la diabetes, dictó a su mujer Sueños de Bunker Hill, y el auténtico reconocimiento le vendría de forma póstuma, gracias a que el bueno de Charles reconoció su influencia y consiguió la reedición de Pregúntale al polvo, su mejor libro. Pero esto no son más que datos enciclopédicos. Fante escribe sucio, y eso me gusta.
     John Fante cuenta las cosas como un puñetazo, con frases directas, elaboradas a cuchillo. Son trozos de vida, como harán también Raymond Carver o Charles Bukowsky. Bandini escribe, bebe, anda con mujeres y a veces gana dinero. La vida asoma por entre los flecos de sus páginas, cruda y difícil. La pobreza, la marginación y el instinto de supervivencia. Novelas fáciles de leer, pero no por simples, sino porque le lanzan a uno la vida a la cara. No se puede ser indiferente ante Fante, no te lo va a permitir. Es uno de los maestros de lo que se dio en llamar realismo sucio: redacción sucinta y tipos humanos que, tratados superficialmente, muestran toda su profundidad. Puedes no haber vivido en la California de los años treinta, pero es imposible no identificarse con los sueños de Bandini, por mal que nos caiga - las más de las veces es un tipo repulsivo, y su padre, Svevo, uno de los protagonistas de Espera a la primavera, tampoco es un cúmulo de virtudes - porque es la historia de los perdedores que, a veces, encuentran un resquicio al que agarrarse. Arturo es egoísta y hasta peligroso, pero refleja el miedo, la soledad de los que se enfrentan al mundo a pecho descubierto, sin un lugar en el que refugiarse. Hay que haber tenido una vida demasiado cómoda para no enternecerse con este teatro de fracasados o no tan fracasados, de gente que avanza un día más como puede, que vive en el suburbio de la tierra de los sueños.
     Y ahí está uno, leyendo sin red cuatro novelas seguidas, casi setecientas páginas de las que no sé cómo saldré. Solo sé que me han entrado unas ganas inmensas de volver a la narrativa, de contar todo lo que se me ocurra, porque siempre habrá quien sueñe con ser escritor, y eso es algo que te contagia este autor que circuló por los márgenes de la literatura hasta casi el final de su vida, que escribía para un mundo que quizás no estaba preparado para comprenderlo. A mí me gustas, John, me encanta que lo hagas sucio porque eres honesto.

viernes, 28 de abril de 2017

En ese hueco en el que estuvo tu cuerpo...

En ese hueco en el que estuvo tu cuerpo
y en el que,
seguramente,
volverá a estar mañana,
habitan los materiales de un futuro compartido.
En tus ausencias
soy un algo más peligroso,
como si al irte apagases la luz
y fuese tropezando con las cosas.
Me masturbo
sobre la piel de tu recuerdo,
porque cuando estamos juntos
rozamos con los dedos lo sublime.
Es así como el yo suficiente
se convierte en un yo completo,
algo pleno,
distinto pero igual.
Porque nosotros,
en este caso,
es el pronombre más bonito del mundo.

martes, 25 de abril de 2017

25 DE ABRIL, CANCIONES PARA CAMBIAR EL MUNDO

Una inocente canción de amor sirve para cambiar las cosas, una tonada como E depois do amor comienza una revolución, marca el incicio del fin del fascismo. Otra canción, más comprometida, marca el ritmo de un ejército que decide hacer uso de de su función de servir al pueblo y por fin depone a un gobierno ilegítimo y represor. Dos canciones marcan el fin de una era, el comienzo de la ilusión. Dos canciones para cambiar el mundo. No hay mayor honor para un cantante que el de convertirse en símbolo de la libertad; el algún lugar del cielo Zeca Afonso llorará de alegría cada veinticinco de abril cuando los soñadores y los románticos entonen su Grándola. Y Paulo de Carvalho puede estar orgulloso de formar parte de la historia de esta forma.
La gente que canta contra lo establecido arriesga, en ocasiones hasta su propia vida. El artista nunca es neutral, no debe serlo; el don de transmitir ha de ser usado con responsibilidad. Así, Zeca, Labordeta, Benedito, Suso Bahamonde, Luis Pastor, Víctor Jara... todos los que algún día parieron una canción contra la dictadura que los oprimía merecen habitar el parnaso de los luchadores, de los comprometidos. No existe nada como la música para trasmitir ideas, para pelear sin violencia, con la fuerza del alma y la razón. 
Hoy, 25 de abril, la gente que sueña en términos de libertar entona un emotivo Grándola, agradeciendo que en el país vecino vimos las cosas cambiar con pundonor y dignidad, con el gobierno depuesto y avergonzado, lejos de la lenta agonía - llena de muerte - que vivimos aquí. 
Música para despertarnos, música que se ha ganado por derecho propio estar en el altar de la lucha. Gracias Zeca por hacernos soñar, si algún día escribo un solo texto que simbolice tanto para la gente oprimida habré dado por útil mi carrera literaria.

https://www.youtube.com/watch?v=gaLWqy4e7ls

 

miércoles, 19 de abril de 2017

DIAGNÓSTICO

DIAGNÓSTICO

Nunca la vieja Europa
fue tan vieja y tan gruñona, 
con tan toscos modales, mal hablada;
la decrépita Europa
cierra todas las puertas
y escupe a las visitas a la cara.
Cada vez más senil y recelosa
maldice si en su barrio hay musulmanes
y le salen arrugas,
pústulas
en forma de partidos
de rancia ultraderecha.
¡Pobre anciana, mostrándole los dientes
a los pobres, a los débiles
como bruja malvada!
¿Cuántos muertos escondes en tu armario?
¿Te queda acaso sitio
para algo de ternura?
En su hedor de vejez rumia rencores,
inventa los agravios pertinentes
para justificar iniquidades;
y es así que poco a poco va enfermando
de rabia y de maldad,
mirando en un espejo de recuerdos
y dándose a sí misma la razón,
creyendo todavía que es hermosa,
o joven, o moderna. 
A Europa le hace falta tratamiento,
precisa juventud que la rescate
y limpie de su rostro tanta ira.

viernes, 31 de marzo de 2017

TODO POR UN LIKE (TEORÍA DEL RUIDO).

     Esto de la era cibernética es tremendo. Uno de los más grandes aciertos de Zuckerberg ha sido crear un entorno, una especie de taberna global donde todo el mundo cuelga sus carteles en las paredes, recita los poemas que se le ocurren y comparte cosas que ha leído por ahí. Después, uno se queda atento a los aplausos, a que la gente diga que le ha gustado e, incluso que lo compartan en las demás mesas del bar. Eso demuestra que no somos tan diferentes de lo que éramos en tiempos analógicos. Para los escritores, especialmente para los poetas, adalides de lo breve, es algo sumamente vicioso.
      Esta semana leí no sé dónde que lo que han creado las redes sociales es ese estar pendiente de la respuesta inmediata, del número de likes que se otorgan a cualquier cosa que publiquemos, lo que es, en resumen, estar esperando la aceptación del prójimo. Es una actitud que nos viene de perlas a los escritores, tan pendientes de la aceptación de nuestra Obra (un verdadero ególatra lo escribirá siempre con mayúsculas). Cierto es que siempre hemos escrito para que nos lean, salvo extraños ejemplos de pureza vocacional que se olvidan de que la teoría de la comunicación establece que hay un receptor ante el emisor. No menos cierto es que siempre he defendido la actividad artística como una rama del egocentrismo.
     Es la rama de lo que he dado en llamar "poetas de Facebook", y me van a perdonar todos ellos, porque esto no es una crítica, sino una reflexión. Antes uno escribía en su casa y cruzaba los dedos porque, aunque fuese, lo leyesen sus amigos y familiares; ahora - y esto es en verdad una ventaja - publicamos de forma continuada en la red, casi sin darle tiempo a los versos a respirar, a coger polvo. En cierta forma controlamos bastante menos lo que damos al mundo. Esta inmediatez ha hecho mucho por la poesía, pues está experimentando un repunte en audiencia como nunca, y más de un poeta ha logrado el reconocimiento del público gracias a las herramientas digitales. Sin embargo, ha generado también mucho ruido. A poco que empieces a relacionarte con poetas - partiendo del supuesto de que entre los escritores exista una auténtica relación y no un intercambio de monólogos, como suele ocurrir - se te inundan las aplicaciones de redes sociales de textos escritos por ellos, con una profusión que, en mi caso, me hace sentir vergüenza por mi pereza creativa. Además, como no se trata de una aplicación que se dedique a compartir textos, de paso uno se informa de lo que ha logrado una maestra de Guinea Bissau con sus alumnos más desfavorecidos, de que el azúcar es más malo que la heroína y de que comer animales va a acabar con el planeta. 
     Es, como decía, ruido dedicado a hinchar nuestros egos. Reconozco que me hice un Facebook para difundir este blog, y funciona, ahora tengo más de dos lectores, puede que cuatro. Sin embargo tanto estímulo de contenidos mantienen mi mente distraída de la calma que a mí, personalmente, me hace falta para escribir. Demasiadas cosas, demasiada inmediatez. Termino un poema y ya lo estoy colgando aquí a ver si le gusta a la gente, y sé que seguiré haciéndolo porque, como todos, sueño con mi pequeño lugar en este parnaso moderno. A veces, tras estar un tiempo viviendo dentro de este círculo, te da ganas de decir como el señor Lobo en Pulp Fiction: "dejemos de comernos las pollas por ahora". Pero, en el fondo, es la misma dinámica de los pequeños círculos que nos hemos montado los poetas en cafeterías y centros sociales para leernos unos a otros, decirnos que todo es muy bonito y ocultar como podemos nuestra ofensa ante la crítica por constructiva que sea. Hay quien se mueve bien en esta ola de aceptación bienintencionada, y que produce mucho, y en realidad los envidio. 

     En fin, creo que hasta aquí ha llegado mi reflexión. Ahora la voy a publicar, y después compartir en mi página de Rodrigo Rey Escritor, y después en mi biografía de Facebook, y puede que comparta el enlace en algún grupo de whatsapp de mis amigos. Tal vez, a media tarde, consulte la cantidad de "me gusta" recibidos, pero bueno... tan sólo por ver....