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miércoles, 18 de septiembre de 2013

ROMPER, ROMPER Y ROMPER

              Hay que pelearse siempre con uno mismo para escribir. Hoy, que me he levantado con esta especie de rebote interno, he llegado por enésima vez a esta conclusión. La búsqueda de un estilo propio, como ya he explicado en este blog más veces, es un viaje sin fin y con muy pocas recompensas. Sin embargo, lo peor de todo  es que una vez se encuentra algo hay que olvidarlo cuanto antes para no convertirlo en una fórmula. Un amigo muy inteligente me dijo una vez que en la vida vas recogiendo herramientas cuyo uso desconoces hasta que las usas, y la literatura es igual.

            Durante todo este viaje que ha supuesto el libro de poemas de desnudos (prometo de nuevo explicarlo con detalle aquí mismo algún día), me he adentrado en la métrica, el acento, el ritmo formal del verso. Me ha servido para muchas cosas, entre ellas para ser capaz de escribir endecasílabos perfectamente medidos de forma casi automática. En esto de la poesía la métrica es un molde perfecto, que te permite tener el ritmo de antemano y ocuparte de otras cosas. Sin embargo, ahora que puedo decir que domino las técnicas estoy intentando librarme de ellas.

            Decía Camilo José Cela que en la literatura, cuando todo el mundo huele de una forma, no hay que intentar oler más fuerte, sino oler a otra cosa. La originalidad es muy difícil, pero al menos hay que intentarlo. Así ocurre con las lecturas, de pronto te salta un novelista como David Foster Wallace y te encuentras con que todavía se puede rizar el rizo de lo que es una novela.

            A lo que pretendo llegar es a que, cuando uno va teniendo oficio, el peligro es quedarse en lo que se sabe hacer, porque funciona. Es como las canciones de Fito y los Fitipaldis, que siempre están escritas de la misma forma (si este blog lo leyese mucha gente me caerían un montón de palos). Cervantes cogió un género popular y lo rompió en mil pedazos, vale que es una comparación ambiciosa, pero hay que aspirar a la excelencia, como diría el presidente del Real Madrid.


            La literatura es divertida porque es infinita, y uno no debe negarse a sí mismo el placer del salto sin red, aunque nos golpeemos contra el suelo de la frustración. Cuando algo se ha dominado y sólo nos queda repetirlo y regocijarnos en nuestro éxito (suena exageradamente optimista, ojalá me pase algún día), lo que hay que hacer es intentar otra cosa, romperse contra el muro del cuaderno con la esperanza de que algo nuevo surja de las cenizas de nuestro intento.   

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