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miércoles, 26 de noviembre de 2014

HA CAMBIADO LA CONFIGURACIÓN DE LOS COMENTARIOS

Queridos seguidores de este blog. Superando mi ineptitud en relación a las redes sociales he cambiado la configuración de los comentarios. De ahora en adelante se podrán publicar comentarios de forma anónima, sí, sin registrarse ni nada. A ver si así los lectores se animan a comentar las diversas entradas, que a veces parece no haber nadie al otro lado. Ánimo, no seais tímidos.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

ESE UNIVERSO PROPIO

Hace tiempo que no reflexiono aquí en este blog, y me ha dado por pensar en este íntimo universo que uno se va creando cuando escribe. A base de palabras, ya sea en poemas, relatos o novelas, poco a poco vamos conformando nuestra particular cosmogonía. Hay fantasmas en la mente de todos, y los escritores los encapsulamos, los cuardamos en cajones hasta que afloran, muchas veces sin que nos demos cuenta, en ese solar de la conciencia que es el folio.
Nuestros pequeños mundos se construyen peleándose con las frases, dejando que todos los yo de nuestro yo aporten cada uno su grano de arena. Es esa la arquitectura de los textos, un combate constante por encontrar todo aquello que ni siquiera sabemos que buscamos, un viaje hacia dentro de nosotros mismos en el que a veces, sólo a veces, conseguimos poner una nueva piedra en la indefinida estructura que vamos conformando.
Y por ese mundo circulan espacios y personajes a los que con frecuencia regresamos, camuflándolos de formas distintas para aportar riqueza. Cada texto que escribimos es como un fragmento que se añade y acrecenta. Supongo que a más escritores que yo nos gustaría que cada nuevo texto fuese algo distinto, único, poblando de variedad las páginas que damos al mundo. Sin embargo la escritura es una actividad íntimamente ligada a nosotros mismos, a nuestro mundo interior, porque después de todo nuestra convivencia con la realidad se forja a través de palabras. Así, cada párrafo es una pieza de un puzzle del que se nos perdió la foto de referencia en algún momento; no tenemos más que una imagen difusa de lo que buscamos y que, tal vez, nunca lleguemos a encontrar, puede que ni nos importe.
Es por eso, supongo, que abundan los territorios míticos en el corpus literario de tantos autores, como el Yoknapatawpha de Faulkner, el Macondo de Márquez, la Santa María de Onetti y demás entornos ficticios. Esto es una forma de situar en un espacio el torrente verbal y arriesgarse a domarlo. En los universos literarios las cosas funcionan como el autor quiere y esto facilita las cosas. A veces, sin embargo, la ficción se ubica en entornos reales, como el Newark de Philip Roth o el Maine de Stephen King, con lo que el relato crece con pequeñas transformaciones de ese sitio que cualquier vecino conoce, haciéndolo más familiar.
Escribir es, al fin y al cabo, desarrollar la propia intimidad y exponerla al mundo, a veces con los disfraces necesarios para que no se apodere de uno la sensación de desnudez, de indefensión, porque cada palabra está ligada a nosotros, al pequeño dolor de alma que impulsa a sentarse frente a un teclado con la soledad por compañía. 

miércoles, 15 de octubre de 2014

YO NO ESPERABA NADA

Todas as cartas de amor sâo
ridículas.
Nâo serian cartas de amor se nâo fossem
ridículas

Álvaro de Campos


YO NO ESPERABA NADA

Yo no esperaba nada,
o sí:
un poco de calor para pasar la noche,
un atenuante a las condenas del invierno,
y seguí afirmando que necesitaba
una quemadura en la retina
para apresarme
en el calor de unos brazos
y una vida compartida.
Pero ha ido pasando el tiempo
y ahora,
que he aprendido el idioma de tu cuerpo,
convirtiéndome en intérprete de cada gesto,
de cada estremecimento furtivo,
son las cosas otra cosa
y busco palabras en los rincones
con las que adornar esta
nuestra nueva existencia.
Porque un poema de amor es algo serio,
es un desnudo integral, tembloroso,
en el que uno intenta
limar lo exaltado,
podar esos brotes empalagosos
de relajada cursilería,
y anunque Álvaro de Campos dijese
que sólo las criaturas ridículas
dejaron de escribir cartas de amor ridículas,
sé que te mereces la precisión
de un chip de silicio
en cada sílaba.
Y es cierto que se trata
de un sentimiento que de por sí
es excesivo,
con tendencia a inundar las estrofas
de metáforas,
pero a mí me gusta más
esa cosmogonía de pequeñas cosas
con la que se construyen las sonrisas,
este rozar delicadamente la vida
con las yemas de los dedos,
como si tuviese miedo de romperla.
Por lo tanto
Puedo decir que últimamente
soy menos sensible a las canciones tristes
y no siento tanto miedo
ante el avance del calendario,
que soy un poco como el zorro
de El Principito,
contando las horas como esperas,
y que ya no asocio la libido
a la angustia;
puedo afirmar que crezco
al ritmo que crecemos,
sin embargo
nada de esto es del todo exacto,
porque hay realidades
que no son descriptibles
o cuantificables,
que superan lo infinito del lenguaje.




lunes, 13 de octubre de 2014

SALA DE ESPERA

Esta sala de espera sin esperanza
Joaquín Sabina
SALA DE ESPERA

En el INEM
no hay cursos de cómo dar abrazos,
así,
en la sala de espera
todo el mundo se abraza
a sus teléfonos móviles,
sudando una atroz desesperanza,
sin hablar los unos con los otros.
Yo he visto el gris
de los sueños infructuosos
tiñéndolo todo,
la tinta que rellena
impresos inútiles.
¿No estarán en ese ordenador
registradas
todas las mañanas en las que me levanto
con el peso de la vida en las piernas,
el currículum de búsquedas frustrantes
y miradas condescendientes?
En esa base de datos
de los proyectos olvidados
no guardan las horas
desgastando las aceras,
acumulando temor al futuro
y un presente
en el que te tiembla el alma.
Y seguimos en este silencio triste,
adorando pantallas
que llenen de ruido visual
nuestras vidas,
esperando que anuncien nuestro turno
para cualquier trámite,
compartiendo sin compartir
un tiempo perdido.



lunes, 15 de septiembre de 2014

EL JODIDO POZO DEL BLOQUEO

Uno quiere escribir, de verdad que quiere sentarse horas y horas delante del ordenador, pero a veces, por mucho que lo hagas, si no tienes la mente clara te enfrentas a un vacío que da mucho miedo. El momento delante de la hoja en blanco, ahora pantalla, es la personificación del vértigo, es el uno contra uno - utilizando un símil futbolístico - del escritor. No hablo de lo difícil de la primera línea cuando uno tiene algo que contar, sino de ese período en blanco que todo el que escribe pasa alguna vez.
Y te planteas que deberías tener un horario, que estaría bien ser disciplinado y que la inspiración te tiene que pillar trabajando. Todo esto es cierto, pero la literatura no es una ciencia exacta, y su creación menos. En la pelea uno siempre sale perdiendo, y sólo de vez en cuando encuentra una momentánea victoria. Últimamente me cuesta más, no sé si es porque hay cosas que ocupan mi mente o porque no me centro; así que escribo esta entrada para "soltar la mano" y, ya que siempre reflexiono sobre el hecho de escribir, hablar del no hacerlo, del menos uno.
Nadie se puede quejar de lo duro que es escribir, decía Monterroso, porque es algo que uno elige hacer. Yo estoy de acuerdo, pero cuando tienes el cuerpo lleno de palabras hasta el punto de hacerte sentir incómodo, la incapacidad de fijarlas, de darle forma a esta saturación del idioma, te hace acumular frustración.
Cuando le preguntaron a Juan Rulfo por qué había dejado de escribir, respondió "se me murió mi tío Melitón, que me lo platicaba todo", una forma más de decir que se había quedado sin historias. A veces pasa, otras se pone de manifiesto que para escribir hay que centrarse. La calma es necesaria, y sin ella no es fácil hilvanar el sentimiento y la narratividad. La escritura es enemiga del ruido.
El bloqueo es un pozo, un lugar inmaterial del que cuesta salir, es como deshaucio del lenguaje. Yo no creo en las musas, ni casi en la inspiración, creo más bien en momentos en los que tu mente reacciona ante el deseo de escribir de forma ágil, a veces hasta pletórica. Sin embargo, cuando eso no ocurre hay un miedo agazapado a no ser ya capaz, a despertarse de un sueño en el que creíste ser escritor.

Pero bueno, hay que tener fe, las palabras volverán...


Manual para malditos, Entreversados

martes, 19 de agosto de 2014

NUNCA HE ESTADO EN NUEVA YORK

Este año el colectivo Cataclístics Dispersónics ha llevabo a cabo dos eventos cataclísticos. El primero tuvo lugar en el Festival de Poesía de la Mediterránea, en Palma de Mallorca. El segundo, en el festival de poesía PoéticoFestival 2014 poetas por km2 de Nueva York. Para este último pergeñé este gusano poético en la gran manzana, acorde con el lema de la convocatoria cataclística Un gusano en la gran manzana. Ahora, este poema pertenece también al repertorio de Entreversados:

Me comen los gusanos y tienen la rabia
pintada en un muro de Pontevedra

NUNCA HE ESTADO EN NUEVA YORK

(Gusano poético en la gran manzana)

Nunca he estado en Nueva York
ni en el llano de tu vientre,
ni en el calor de tu vello púbico
entre mis dedos,
ni en esa imagen tan aprendida
en las películas del imperio
de cómo hay que amarte,
de qué forma repartir cada beso,
la distancia recomendada
entre los puntos
de un mapa de saliva.
Mientras,
todo pecado
muerde la gran manzana

Nunca he estado en Nueva York,
mientras todo pecado
muerde la gran manzana,
yo miré al imperio
desde las mesas del Mcdonalds,
desde una eterna sitcom
de tópicos que asumimos
como nuestros.
No he retozado al sol
en la hierba de Central Park,
ni me he subido
a esa puta francesa
de noventa y tres metros
que, creo yo,
se siente hipócrita.

Nunca he estado en Nueva York,
que, creo yo,
se siente hipócrita
por ser un faro
con tantas sombras.
Pero pienso en Lorca
amando en esa ciudad tan lorcamente,
las estaciones de metro
las noches brindando con Budweiser
y chupitos de Jack Daniels,
en las alcantarillas echando humo
y los taxis amarillos…
los mil paisajes
que he visto en la televisión


Nunca estado en Nueva York,
los mil paisajes
que he visto en la televisión
son un pastiche a lo Baudrillard
de una ciudad que,
a efectos prácticos,
para mí no existe.
Así que filosofo
desde mi pequeño rincón del mundo
que no es foco
de la modernidad
sobre otras formas de viajar
que no son físicas
y pienso que,
sin estar,
sé que he estado en Nueva York


lunes, 21 de julio de 2014

LO FÁCIL QUE ES DIFUMINARSE

Me siento frente al ordenador con toda la intención de escribir, bien un relato, bien un artículo para este blog, bien el inicio de una novela que me consagre en el olimpo de las letras. Enciendo esta nueva imprescindible herramienta de todo escritor que se precie y... va: hay que mirar el correo electrónico, a ver quién se ha acordado de mí desde ayer (y pensar que de adolescente esperaba semanas por una carta). Ya de paso, la edición digital de El País, la del As también, porque gracias a la postmodernidad el fútbol ya no es incompatible con ser un intelectual. Seguidamente echo un vistazo al facebook, para perderme en la vanalidad más absoluta; me fumo un pitillo y ya sé, en el fondo, que caí en la red. En un rato ya los amigos me avisan para que baje a tomar el café y... bueno, ya continuaré esta entrada más tarde.

Días después, sí, así como lo cuento, vuelvo a sentarme en el mismo sitio porque siento una responsabilidad para con este "don" de escribir que me impulsa a ponerme a ello. Esta vez estoy decidido, y además tengo una idea, una idea que parece buena. Tras la pertinente hora de procastinación cibernética y un par de pitillos "para centrarme", de esos que te hacen relacionar inconscientemente la literatura y la insalubridad, por fin vuelvo al documento de Word que, eso sí, estaba abierto desde el primer momento. Necesito unos minutos largos para pensar y por fin lo intento: avanzo una frase, retrocedo otra vez, vuelvo a empezar y por fin, a trompicones, comienzo a escribir con un mínimo de soltura. Puede ser que llegue a terminar una página - cosa que al fin hago - y ya sabemos lo que decía Cela, que si escribes una página al día tienes una novela al cabo del año.

Más tarde, en el bar, hablo de la magnífica idea que he tenido, a la gente le hace gracia y, además, me siento productivo. Vuelvo a ser Escritor, así, con mayúscula. Porque ya tengo algo empezado, algo en lo que "estoy trabajando", y no sólo mientras escribo, sino las veinticuatro horas que esa idea ronda mi cerebro. El caso es que no me vuelvo a poner hasta tres días después, y porque tengo un plazo.





Resulta que tengo un plazo porque vi un consurso de relato erótico al que me podría presentar. Así que se me ha ocurrido una excelente idea para poner cachonda a la gente. Debe ser buena de verdad, porque el que se pone burro soy yo, y acabo teniendo que desahogarme. Después de esta pequeña interrupción culpable, pongo una lavadora, meriendo, me fumo un pitillo y me bajo a tomar algo...

Y sigue el bucle, un día tras otro, con la incertidumbre de si lo terminaré en el plazo. Avanzando poco, comiéndome la cabeza bastante más. Difuminándome en el ambiente, en esta inacción que me demuestra que escribir es, sobre todo, un asunto de laboriosidad y entrega, cualidades que a veces me faltan. Bueno, puede que ahora que acabé esta entrada me ponga a ello, aunque son más de las seis, y fuera hace buen tiempo...