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viernes, 9 de septiembre de 2016

Dieciocho de julio

18 DE JULIO

Todavía hay quien defiende
a los asesinos,
salvapatrias,
salvadores de los suyo
que temen a los muertos
enterrados en olvido;
les llenaron de tierra
la garganta para gritar
y los ojos que veían la injusticia.
Los defensores de los asesinos
señalarán siempre a Otro
para equipararlo
y diluir la culpa
que debería atenazarlos
arañar el nervio de su conciencia.
Así,
Las víctimas han de escuchar de sus verdugos
la blasfemia
de la muerte compartida.
Pero ellos ya desenterraron a sus nombres,
los lucieron en iglesias
y camposantos,
les alzaron cruces
y los trataron como cruzados,
condenando tantos y tantos otros al silencio,
un silencio que chirría, que daña los oídos,
que se pega a las paredes del cerebro,
que es el vacío de los vencidos.
Y no habrá justicia
con la memoria soterrada,
no la habrá,
nunca,
con la mirada sanguinolenta

de los que niegan la verdad.

jueves, 25 de agosto de 2016

¿Y si de pronto me río?

¿Y si de pronto me río
-pregunto-
si comienzo a reírme  poco a poco,
como quien no quiere la cosa,
primero con disimulo,
por lo bajo,
y después a mandíbula batiente
como olas en acantilados?
Voy a reírme sí,
 a dejarme reír
sin medida,
voy a troncharme,
a partirme la caja torácica
con una risa desenfrenada.
Voy a reírme con todo por lo que antes lloraba:
romper con la risa el silencio de la indignidad,
la discreción de los vencidos por el mundo;
arrasaré con el torrente de la risa
todas las lágrimas que hemos vertido,
atronando las orejas de los que no quieren oír.
Y pasará la gente
entre sorprendida y burlona,
con gesto de vergüenza ajena,
pensando que estoy loco.

Porque me he cansado de llorar.

martes, 21 de junio de 2016

TENGO UNA IDEA GENIAL

   Agarra una buena máquina de escribir 
y mientras los pasos van y vienen más allá de tu ventana 
dale duro a esa cosa, 
dale duro. 
Haz de eso una pelea de peso pesado.

Charles Bukowski 


  Tengo una idea genial, de esas que surgen así, de repente, cuando vas en el autobús o esperas en la cola de la caja del supermercado. Algo que siembra en tu cuerpo la impaciencia de ponerse a escribir. Sí, esta es: la historia que llevaba tiempo queriendo contar sin saberlo, que estaba ahí sin estarlo. 
     Va creciendo en mi cerebro, germinando a partir de esa pequeña semilla que logró ver la luz en ese momento súbito de inspiración en el que se basa la fe de los escritores. Puede que fuese abonado con las decenas de libros leídos en los últimos tiempos, o con la observación de la vida que nos rodea. No importa; crece feliz, dicharachera, a veces en forma de concepto y otras, las menos, como un manojo de palabras de un verde brillante, vital, ilusionante.
     A veces me la guardo, hasta que en algún momento se la cuento, por ejemplo, a mi novia, que, pragmática cómo es, me pregunta cuándo empiezo. Ahí está el abismo, y no es porque ella me lo pregunte, sino por que alguien ha destapado una realidad. Todo, en mi cerebro, es bonito y perfecto, refulge de frases bellas y ritmo trepidante o pausado, según lo exija la historia. Todo es espléndido hasta que hay que escribirlo. Así que entonces balbuceo excusas que para mi autodefensa interpreto como motivos, tal cual que tengo que encontrar el ritmo,.el estilo, la forma, el momento emocional... un montón de condicionantes que retrasan el hecho inevitable de que para que esa semilla de verdad se convierta en una realidad hay que ponerse a escribir.
     Ahí está, inevitablemente, el miedo.
     Parte del egocentrismo del autor está en la ambición de ser buenísimo, igual no mejor que otros, pero no peor que nadie; y como has leído mucho el listón está altísimo, y los años pasan sin que seas un Borges o un Torrente, por citar algunos ejemplos. Sin embargo, hay un poema de Bukowski en el que dice que le des duro a esa máquina (de escribir) sin preocuparte por los jóvenes o los nuevos talentos. Viene a decir, en su particular forma de explicar las cosas, que escribir no es más que trabajo. Los grandes relatos de la historia de la literatura son historias sencillas muy bien contadas: El Quijote es la historia de un brote psicótico, La Odisea es Ulises pillando tráfico en la operación retorno, Hamlet es una discusión familiar mal llevada (pasa en las mejores familias), y un largo etcétera que podría poner como ejemplos. Todos ellos son, en conclusión, fruto de horas y horas de trabajo sobre una idea que en un principio era pequeñita, apenas una intuición, un súbito relámpago en la mirada de un contador de historias.
     Si uno se deja llevar por ese miedo, por esa pereza temerosa, se convierte en un escritor que no escribe, en alguien que va dejando caer un párrafo suelto de vez en cuando para reivindicar que tiene talento, que sabe lo que se hace. Alguien que cuenta en las barras de los bares esa gran novela que algún día escribirá, ese proyecto que lo hará famoso. Sin embargo, si en algún momento logro sentarme y convertir esa idea en palabras, en páginas, volveré a sentirme en verdad escritor, algo que a veces se tambalea cuando deposito los dedos sobre el teclado y me puede esa terrible pereza vital, esa desgana, ese querer correr antes que andar.
     Por supuesto que tengo esa idea genial, pero no la escribo porque no encontré la forma, y además no tengo tiempo y no estoy en el momento adecuado... y vuelta a empezar.

martes, 24 de mayo de 2016

MADE IN BANGLADESH

MADE IN BANGLADESH

Cada mañana,
al poco de ponerme el mundo
noto que no me queda bien:
me tira de la sisa, 
me aprieta,
me queda corto
o tengo que usar un cinturón
para que no se me caiga
-cada día es distinto-.
También me da algo de alergia
el tejido
y no aísla bien en invierno. 
En fin, 
que no sé si está mal hecho
o soy yo el que no encuentra
la talla adecuada.
De todos modos
no me va a quedar más remedio que aguantarme,
porque este mundo
ha de ser mi único traje
y funciona dentro de unos
estándares de producción
milimétricamente calculados,
pensados en función
a la productividad y el beneficio.
Es por eso que a veces 
prefiero caminar desnudo
dentro de un poema,
aunque pase frío y enferme,
y quitarme por unos instantes
esta sensación de desajuste
con las cosas,
con el tiempo,
con la vida

viernes, 29 de abril de 2016

GALERNA


  1. GALERNA
Escucha el interior de la caracola,
oirás el grito
de la madre océana
estremeciéndose...
Acerco la lengua a la orilla
y florece el mar
de la calma chicha
al oleaje, 
y de ahí a la tormenta.
Al olor de las mareas
estalla Poseidón desde mi boca, 
agitando las aguas,
dándole esa vida tensa
que produce el temblor;
y sube
y sube
y sube
agita su tridente 
y el mar sube
y siento ya el sabor de la galerna
queriendo alcanzar la costa, 
anegarla sin piedad,
hundiendo los navíos
que transportan prejuicios y límites
y sube
y sube
y sube
hasta que tras la ola final
venga de nuevo la calma, 
medida por la brisa
y la cálida caricia de unos ojos
que brillan,
irreales,
ensimismados,
y pueda levar anclas
hacia tu boca
con el sabor de la salitre.

domingo, 24 de abril de 2016

DE PASO POR FERNANDO DEL PASO

     Lo bueno que tienen los premios como el Cervantes es que sacan a la luz escritores que no conozco, pero que ya merecen formar parte del canon de las letras españolas. Yo soy bastante despistado y he sido un lector muy vago y poco metódico durante muchos años, así que cuando surge un nombre como Fernando del Paso aprovecho para leer cuanto artículo haya en los suplementos culturales sobre él y así solucionar ese déficit que siento tener a veces. 
     Hace unas semanas fui por la biblioteca en busca de algún libro que llevarme a los ojos, y acabé solicitando Noticias del imperio, del recién premiado autor mexicano, que estaba almacenado en el depósito. Cuando me lo pusieron delante me encontré con un volumen imponente, de más de setecientas páginas en formato grande y letra no tan grande. En fin, un libro enorme. No sabía dónde me metía.
     Noticias del imperio es un libro enorme, torrencial, muy bien documentado además, sobre la tragedia de Maximiliano de México y su mujer Carlota. Un cúmulo de estilos, narrativas y maestría con el que me siento afortunado de haberme encontrado. Una novela sumamente recomendable, que hay que acometer con ganas y coraje, una verdadera lección de historia y de creación literaria, una obra maestra, por qué no decirlo.
      
     Este sábado por la mañana fue la ceremonia del Premio Cervantes, y también el día en que llegué a la última palabra de Noticias del imperio. En su discurso de aceptación descubrí a una persona comprometida, denunciando el viraje totalitario del gobierno mexicano; un hombre entrañable, familiar; y sobre todo a un apasionado de la literatura, alguien cuyo discurso me hizo desear darle duro a este teclado para volver a construir universos. Una persona que me incita a leer y escribir solamente por convertirme en alguien como él. Sólo he leído un libro de Fernando del Paso y no sé cuando volveré a enfrentarme a otro, aunque seguro que será un momento irrepetible en mi vida, como lo fue el que acabo de terminar. Sin embargo me he sentido muy identificado con el premio concedido al octogenario mexicano. Porque la literatura es de quien ama los libros, y los reconocimientos sólo pueden llegar a los que, además de escribir bien, representan esa pasión. 
     Hoy me siento orgulloso de esa pasión que me lleva a dejarme los ojos en el cuaderno o el ordenador, porque algún día, aunque fuese durante un segundo de mi vida, podría ser como Fernando del Paso, o como tantos otros que me han hecho sentirme escritor.

viernes, 15 de abril de 2016

Nosotros, que somos gente práctica...

Porque nosotros, gente práctica,
no sabíamos que nos buscábamos,
tardamos en darnos cuenta 
de que nos habíamos encontrado.
Pero ahora surge una certeza,
de esas inapelables,
que perturba el diccionario;
ahora sabemos que cuando decíamos
amor
en realidad pronunciábamos 
el nombre del otro,
y que la palabra
miedo
era un vacío,
una no palabra,
un fonema hueco.
Es así que amar es una lengua,
un infinito sistema 
de signos y referentes
en el que un vocablo
agrupa el tiempo todo,
una mirada
cuenta el húmedo estallido,
la contracción cósmica
del placer sin medida 
entre las sábanas.
Tenemos claro ahora
que hablamos igual,
que hablamos lo mismo,
aunque no lo hayamos aprendido juntos.