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martes, 5 de abril de 2016

a veces, dentro de mí se desborda...

A veces,
dentro de mí se desborda
un mar de palabras
y me agarro al papel
para que no me lleve la marea.
Hoy no hay rompeolas
que contenga la palabra Europa,
y es una buena oportunidad
 para incluir el concepto alambrada
en un poema.
Hasta con métrica:
"Se inunda nuestra Europa de alambradas
del miedo que tenemos a su hambre".
(Eran, como podéis deducir,
dolidos endecasílabos).
Hoy, como decía,
no puedo evitar ahogarme
en estos versos
que traslucen cientos, miles,
millones de gritos
recogidos por las cámaras
como en una gran superproducción,
con la diferencia, eso sí,
de que los extras mueren de verdad.
Me sale, así,
esta versificación torrencial y desordenada,
llena de dolor y de vergüenza.
Si observásemos los principios 
de la contención y la armonía,
en lo que a la composición poética se refiere,
cortaría por aquí, tacharía por allí...
hasta quedarme con las palabras
que en verdad
me han herido la lengua al recitarlas,
dejando así una especie de haiku,
facilitando los contenidos
para el consumo de la masa cómplice,
ignorante,
de dudosas intenciones
o, 
por qué no decirlo,
mala.
Sería algo así como:
"El sueño de Europa
se ahogó en la orilla,
sangró en la alambrada;
murió por televisión".

martes, 29 de marzo de 2016

CAMBIO DE HORA

CAMBIO DE HORA

Este atardecer abrupto,
tras el cambio de hora,
es como si pusiese el día de perfil,
mirando de soslayo
e imprimiendo ojeras
bajo los ojos de la tarde.
La luz, a las seis y media,
trae adjetivos de serie,
como mortecina,
que son casi desinencias 
de este súbito cambio 
de la realidad.
Al parecer,
de esta forma ahorramos
un cero coma cinco por ciento
de puestas de sol,
o algo así,
no lo escuché bien;
ahora el telediario
me pilla a la hora de la siesta.

miércoles, 16 de marzo de 2016

ARRANCAR LA HOJA VIOLENTAMENTE

     Pasa mucho, sobre todo cuando escribes en papel, cosa que últimamente sólo hago cuando me doy al mal vicio del verso. Ocurre como gesto de frustración, de bloqueo, de incapacidad incluso, pero... ¿Y lo bien que se queda uno?. A veces, cuando no sale nada y una palabra, un verso, una estrofa o un poema completo se nos resiste no hay nada mejor que arrancar la hoja de forma violenta y arrugarla hasta convertirla en una bola de frustración celulósica. Después dejo el cuaderno sobre la mesa, que hoy está sorprendentemente ordenada, y abro una entrada nueva del blog para escribir sobre el hecho de no escribir en una especie de compensación freudiana. Así, continuando con la comparativa psicológica, ante la incapacidad de acostarme con las palabras desarrollo un onanismo cibernético que consiste en contar sobre lo que no cuento. 
     Ya sé que existe la posibilidad de tachar, de aprovechar, por el bien del planeta, la hoja por el anverso, pero supongo que es un gesto aprendido, sobre todo desde que existen el cine y la televisión, el hecho de destruir repentinamente nuestro primer intento de despegue, y el segundo, y unos cuantos hasta encontrarnos con un montoncillo de pelotitas de papel con actitud bastante acusadoras. Sin embargo, estas formas no esféricas de frustración abultan más que cuatro líneas no escritas y así, en el fondo, parece que trabajamos. Además, es bastante icónica la imagen del escritor frustrado, roto por el bloqueo, arrastrando su no escritura por cuadernos, calles y bares. Decía un viejo amigo mío, muy buen escritor, por cierto: "soy escritor, no tengo que terminar nada". Siempre ha de haber un poema inacabado, un libro por escribir, una gran obra que espera que musculemos bien nuestra pluma para ver la luz, algo que nos de una buena motivación para seguir sin hacer nada, diciendo que no nos sale.
     El proceso de escritura es complejo, arduo y bastante desagradecido. Por eso requiere de una dedicación y constancia absolutamente imprescindibles. Por eso no vale arrancar la hoja y salir al balcón a fumarse un cigarro mientras ves pasar el mundo (además, ya no fumo), sino que hay que tirarla a la papelera y volver sobre ese inhóspito páramo de la hoja en blanco, a dejarnos morir de sed de palabras hasta que la necesidad nos haga escarbar en busca de un manantial del que sacar algo, lo que sea.
     Yo, que siempre he sido vago, seguiré arrancando hojas, en una clara falta de respeto al planeta, con la intención de desahogarme cada vez que no me salga el siguiente texto, pero volveré una y otra vez a intentarlo; porque no me comprendo de otra forma que escribiendo. Porque esto es, a fin de cuentas, lo que soy. 

viernes, 19 de febrero de 2016

EL DERECHO A MOLESTAR, O CÓMO NO DENUNCIAR A DOLORS MIQUEL

     Hay que molestar a todo y a todos, en caso contrario no seríamos poetas, no cumpliríamos nuestra misión de agitar conciencias, de romper lo que parece sólido y de poner las cosas del revés aunque sea un poquito. Sí, es necesario que el arte pruebe a cruzar la línea y ver qué pasa, aunque después surjan protestas y nos metamos en problemas. Por eso tengo que decir que me solidarizo con Dolors Miquel ante la polémica creada en torno a su poema Mare nostra. Creo que una denuncia por "ofensa a los sentimientos religiosos" me parece una barbaridad.

     Llegado este punto quiero aclarar que soy católico, muy creyente y consecuente con mis creencias hasta donde soy capaz, y que puede gustarme más o menos ese poema - más bien me parece normalillo, aunque esté bien recitado - y que puedo sentirme más o menos cómodo con el contenido. De todos modos, yo no lo veo un ataque a los valores cristianos, sino al patriarcado. El uso del Padrenuestro como referente es tomar un poema que todos, o casi, nos sabemos de memoria y que, además supone el texto principal del sistema de creencias que rige nuestra sociedad occidental. Aunque fuese, como promulga la Asociación de Abogados Cristianos, un intento de ofender los sentimientos o valores religiosos, no creo que esto se tenga que resolver con una denuncia. Pero como no soy abogado ni tengo más idea del derecho que la elemental para no meterme en problemas, no voy a ahondar mucho en este punto.

     Cuando Salman Rusdhie publicó Los versos satánicos y fue emitida la fatwa que daba una recompensa por su cabeza, todo el mundo "civilizado" se echó las manos a la cabeza porque aquellos islamistas fanáticos estaban atentando contra la libertad de expresión en nombre de su religión. Claro, aquellos eran moros y no cristianos decentes. De ahí otro argumento que me encanta, sobre todo después de Charlie Hebdó, que es el de que "con Mahoma no se meten, a que no"; supongo que será porque nadie quiere que le entren en el salón de casa con un kalashnikov y dos kilos de sentex. Pero no es lo mismo el miedo que el respeto, que conste.

     En conclusión: puedo entender que alguien se sienta ofendido en sus creencias, pero opino que eso se resuelve con un comunicado, o con un poema de respuesta (y lo bien que hubiesen quedado, lo elegantes). Creo que una institución, como tal, no se puede permitir ofender valores religiosos de la sociedad en la ue está establecida, pero no ha sido el caso, no confundamos, por favor. Una escritora, individualmente, ha leído un poema suyo en un acto público, y no es deber de la institución que la contrató establecer una censura previa - figura que ya no existe -. Si alguien se pica, se piden disculpas, si así se considera, y a otra cosa, no se va a juicio. Si es que somos unos exagerados, que además pensamos que un espectáculo de títeres es propaganda terrorista.

lunes, 18 de enero de 2016

DE REPENTE EN OTRO MUNDO

Últimamente, por cuestiones laborales, viajo bastante en autobús, amén de otros tiempos muertos que tengo que vivir por diversos motivos, lo cual me ha permitido retomar mi ritmo más alto de lectura. Tengo que decir que nunca he necesitado una especial concentración para sumergirme en un libro que me tenga enganchado, lo cual favorece mi avance página tras página durante las esperas y los viajes. Así como abro el libro por donde estaba vuelvo a encontrarme de nuevo con los personajes y su mundo, y es como si lo que me rodea desapareciese de repente para sólo existir el universo creado por el autor que en ese momento me ha tocado en suerte. De eso quería hablar.
Cuando un libro te fascina se convierte en tu residencia temporal, algo así como unas vacaciones para los que, como yo, no tenemos dinero para viajar (y cuando lo tengo también me llevo un libro). Como filólogo y escritor siempre consideré los libros como parte de mi oficio, pero como es un vicio que tengo desde pequeño nunca me ha resultado pesado, sino todo lo contrario (qué ganas tenía de escribir la expresión "sino todo lo contrario"). Estas últimas semanas he leído El otoño del patriarca y El rey pasmado y en ambos casos sucedía lo mismo. Cada vez que los abría, y esto era en cualquier momento en que tuviese ocasión, me caía dentro de ellos como un niño que se acerca demasiado a la piscina. Pasa con relatos que realmente están bien escritos, que te agarran por la solapa de la camisa sin que tú te des ni cuenta y te van guiando de la mano a donde ellos quieren sin preguntarte. Leí una vez por ahí que los que leen tienen la suerte de vivir más de una vida, y es cierto, muy cierto. Los mejores libros son esos que siguen en tu cabeza cuando no los estás leyendo, incluso a través de los años, como me sucede con Cien años de soledad, libro que presté para no volver a ver más, pero que cuando todavía estaba entre mis más preciadas posesiones lo tenía sobre la mesa de noche para abrirlo por cualquier página y leer un rato. Era como si nunca hubiese querido acabarlo, como si pudiese vivir sin haber leído la magnífica frase que da fin a la epopeya de los Buendía que al mismo tiempo es la de toda América Latina.
Así, yo he decidido desde hace tanto tiempo que ni lo recuerdo pasar largas temporadas de mi vida en este mundo de palabras. Una buena frase, que a ti te lleva unos segundos leer, puede haber costado a su autor horas de vueltas y correcciones; sin embargo, si de verdad es buena, se pegará a ti como los mejillones a la roca, alimentándote como cualquier vivencia. Alguien, una vez, presumió delante de mí de no haber leído nunca un libro, y le contesté que era una forma de pobreza. 
Algunos libros tardan diez, veinte, cien páginas en someterte, como fue en mi caso El silmarillion, otros, sin embargo, te dan tal bofetada con la primera frase que no puedes sino aceptar que desde ese mismo momento gobernarán tu pensamiento hasta que los hayas acabado, e incluso después. Recuerdo como caso especial el libro Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari, que me llevó a la época de los faraones sólo con este párrafo:
Yo, Sinuhé, hijo de Senmut y de su esposa Kipa, he escrito este libro. No para cantar las alabanzas de los dioses del país de Kemi, porque estoy cansado de los dioses. No para alabar a los faraones, porque estoy cansado de sus actos. Escribo para mí solo. No para halagar a los dioses, no para halagar a los reyes, ni por miedo al provenir ni por esperanza. Porque durante mi vida he sufrido tantas pruebas y pérdidas que el vano temor no puede atormentarme y cansado estoy de la esperanza en la inmortalidad como lo estoy de los dioses y de los reyes. Es, pues, para mí solo para quien escribo, y sobre este punto creo diferenciarme de todos los escritores pasados o futuros.
Hala, ya está, ha conseguido anular tu voluntad. Y es un sometimiento placentero, enriquecedor, porque la buena literatura te hace crecer en cuanto te abre la puerta a ese otro lugar en el que vives hasta que el autobús llega a su parada y tienes que vivir de nuevo tu vida, tu trabajo, tus relaciones sociales... hasta el próximo tiempo muerto en el que hagas caso a la voz que, encuadernada, parece llamarte.

jueves, 7 de enero de 2016

LIBROS QUE LEÍ EN 2015

Todo el mundo hace repaso: ya se han derretido los hielos de las últimas copas apuradas en la noche de Reyes y dejamos atrás la euforia navideña (adoro las navidades) y volvemos a una presunta normalidad. Los perfiles de Facebook, los periódicos, los informativos... todo se llena de reflexiones y resúmenes. Yo quiero hoy inaugurar una tradición que consistirá en hablar de algunos de los libros más destacados que he leído en el año que hemos liquidado. Así que esta entrada va de eso, y sin pretender ser totalmente exhaustivo, porque no anoto y mi memoria no es tan detallada, voy a hablar de algunos de los libros que he leído en 2015. No se trata de novedades literarias en su mayoría, sino de libros que me han encontrado, que han llegado a mí por esas leyes del azar que rigen a los lectores que, como yo, son poco metódicos. Ahí va:

- Pureza, de Jonhatan Franzen. Está anunciado a lo grande en el escaparate de la librería Paz en Pontevedra, y ocupó sesudas reseñas literarias. Se trata de una obra grande en todos los sentidos, un libro largo e intenso. Tiene esta cualidad de los escritores norteamericanos que consiste en narrar historias individuales aparentemente intrascendentes y al mismo tiempo reflexionar sobre los temas humanos importantes. La búsqueda que Purity hace de su padre, del que no conoce ni el nombre, oculto celosamente por una peculiar madre que la ha criado en una cabaña en el bosque, se convierte en una grandísima historia. Es un libro que hay que leer.

- La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa. No creo que pueda escribir nada que no se haya dicho ya sobre este libro, pero a mí, que soy un apasionado de la novela de dictador, me encantó. Un relato sólido que refleja la crueldad de la era Trujillo en la República Dominicana. A mí, particularmente, me gusta mucho Vargas Llosa, un narrador sólido que, como dijeron muy acertadamente los académicos que le concedieron el Nobel, describe claramente las estructuras de poder.

- Cambio de piel, de Carlos Fuentes. No podía faltar Carlos Fuentes en esta lista. Es un escritor al que siempre vuelvo. Si me piden que haga un resumen de este libro me ponen en apuros. Como lo fui leyendo a saltos me costó meterme en una historia compleja muy del gusto del mexicano. Sin embargo ahí están su estilo singular, sus mil referencias a la cultura mexicana. Ahí está todo Fuentes desplegando su genio.

- Caras extrañas, de Rafael Courtoisie. Un libro distinto, que compré casualmente en un mercadillo, editado en España por Lengua de Trapo. Describe el asalto de una guerrilla a una ciudad que puede ser perfectamente uruguaya. Está escrito de manera distinta, innovadora, y contiene algunos de los párrafos mejor escritos que me he encontrado este año. Una narración de esas que te abre los ojos a nuevas formas de contar una historia, de la que sales siendo alguien distinto.

- La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Sí, es cierto, no la había leído antes y es porque soy un lector desordenado y a veces hasta vago. El autor acabó suicidándose y tuvo que ser su madre la que se arrastró de editorial en editorial hasta verlo publicado y convertido en un clásico del siglo XX. Cosas del azar literario. Un libro en el que te pasas todo el tiempo intentando, sin conseguirlo, empatizar con el protagonista, un tipo realmente desagradable y parasitario. Un LIBRO con mayúsculas, ambicioso y gamberro, como toda la buena literatura.

- La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe. Llegado a este punto os preguntaréis: ¿Y qué ha estado leyendo este tipo todos estos años?. Pues... otras cosas. Este ha sido el año de asaltar clásicos norteamericanos, por lo visto, y este retrato mordaz de un yuppie, o como se escriba, de los años ochenta es imprescindible y, además, divertidísimo.

- Historia de dos ciudades, de Dickens. Sí, es cierto, tenía que haberlo leído hace diez o veinte años.

- Recursos humanos, de Antonio García Ángel. No conocía al escritor ni al libro. Otro descubrimiento de Lengua de Trapo. Un retrato del mundo empresarial en Colombia. Divertidísimo, irónico, cómico. Por momentos se me hizo largo, pero lo recomiendo igualmente.

Y ya está. Leí muchos libros más, seguro, pero con esto se puede ir tirando. Es mi forma de felicitar el año nuevo a los amiguetes que caen en este blog de vez en cuando. Feliz 2016 de lecturas, de letras, de párrafos que nos obliguen a tomar aire para poder asimilarlos, de frases y libros que nos cambien la vida, de poemas que guardemos entre los cuadernos, como si fuésemos adolescentes. Y yo, que nunca hago propósitos de Año Nuevo, me propongo llenar este blog de nuevas entradas.

jueves, 12 de noviembre de 2015

EL CICLO DE LA ENVIDIA

     No siempre es así, pero muchas veces sucede que se instala entre los escritores, que no son menos que el resto de artistas, el ciclo de la envidia. Vaya por delante que me he encontrado a lo largo de mi vida con muchos escritores libres de este síndrome, pero hoy quiero ser un poco malévolo y hablar de la otra cara que supone convertir el ego en palabras: la envidia perra.
     Uno se pasa la vida peleándose con un bolígrafo y una hoja de papel en blanco - por aquello de establecer una imagen romántica, aunque bien podría ser un teclado de ordenador y una página de Word - buscando cada palabra como si de un descubrimiento único e irrepetible se tratase, peleando con el argumento, el estilo y la estructura tal cual una operación de urgencia a corazón abierto. Finalmente te encuentras con textos que son como tus hijos, a los que quieres y siempre ves perfectos, adorables, y querrías besar todos los días en las mejillas antes de que se vayan al colegio. Sin embargo, en medio de todas las inseguridades consiguientes, está aquella que nos hace pensar que igual nuestro hijo no es el más listo de la clase, o el más guapo, o el que mejor juega al fútbol. No resistimos la tentación de compararlos con los hijos de otros padres, a los que ven que despiden con más cariño, que sacan mejores notas.
     De mi experiencia en talleres de escritura, a los que asistí como aprendiz de juntaletras y aprendí mucho, llegué a la conclusión de que muy poca gente sobrelleva bien una crítica, convencido como está todo el mundo de que ha escogido la mejor forma de tratar el mejor tema. En lugar de reflexionar y decidir si ha de hacerse caso o no a los consejos de los demás "entendidos", muchas veces llenos de buena voluntad, los consideran ataques contra su OBRA, así, con mayúsculas; y se defienden con uñas y dientes. Esto funciona debido a la hipersensibilidad del artista para con lo que hace. 
     Más allá de esto está la envidia, que es como una versión hipertrofiada de las inseguridades del escritor. Funciona de muchas formas: la primera y muy importante es el desprecio del que triunfa. Ocurre sobre todo con los superventas, los Follet, Zafón y compañía. Que sí, que se puede escribir bien y vender mucho (también se puede conseguir escribiendo mal, pero no me importa); puedes especializarte en fantásticos relatos de terror, como Stephen King, siendo honesto con tus capacidades. Pero por supuesto, en alguna bohardilla de alguna ciudad perdida del mundo habrá quien los odie y diga que no saben escribir. Tengo que decir que nunca leí a Follet, pero lo admiro porque tiene una fórmula que funciona, y amigos míos que entienden de literatura más que yo me hablan bien de él, entonces, algo tendrá el agua cuando la bendicen.
     Hay más envididas, como la que suscita el escritor joven, lleno de talento bruto, que hace al escritor veterano ensañarse en sus errores, que comete por falta de oficio, con la presuntuosa idea de enseñarle. A mí me ayudaron mucho escritores con más kilómetros que yo, que sí tenían esta voluntad sincera de hacerme mejor escritor, de pulirme. Sin embargo, en muchos escritores surge un vacío en el estómago cuando un veinteañero muestra lo que Hemingway llamaba "capacidad lírica de la adolescencia", esto es: frescura. 
     También está la que nace de no ganar premios, de no obtener el reconocimiento que uno cree merecido, y que se resume en que los galardones están concedidos de antemano o que publican solamente unos pocos porque están bien relacionados. Claro que es difícil pensar que por ahí hay gente muy buena, incluso mejor que uno. Pero esos son consideraciones descartables, por supuesto.
     Y por supuesto, están los odios viscerales entre escritores coetáneos, que parten de que no aplican los mismos planteamientos literarios que uno ha asumido como el no va más de la senda que ha de seguir el universo literario. Estos crean cismas, pataletas, declaraciones que se convierten en Troyas literarias y demás manifestaciones de desprecio. La historia de la literatura está llena de ellas.

     Esto, por supuesto, concierne a los demás escritores, que a mí nunca me pasa. Yo sé perfectamente que no gano premios porque los jurados están comprados y que no publico porque las editoriales no arriesgan y prefieren a escritores consagrados.