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viernes, 20 de agosto de 2021

Memento Mori ( o cuando me piden una reseña)

     Memento Mori. Recuerda que morirás, de Julián Rodríguez Novo (Editorial Titanium).


     No es este un blog en el que abunden las reseñas sobre obras concretas, pero ocurre que a lo largo del tiempo, por estos vicios literarios que tiene uno, y además por haber estudiado Filología Hispánica, me he encontrado en el camino gente con talento y bastante más iniciativa que yo. Julián Rodríguez Novo es uno de ellos. Ya en su momento leíamos poemas en talleres de escritura espontáneos, y hay que decir que los suyos eran buenos. El tiempo ha pasado, y ha llegado a mis manos Memento mori. Recuerda que morirás (Editorial Titanium), la que creo que es su primera incursión en la novela. 

     Julián Rodríguez Novo resultó finalista al Premio Nacional de Literatura Dramática con Unha morte lanzal/ a traxedia do bou Eva (Editorial Discursiva), que no es poco; amén de haber publicado Anticristo superestar (Editorial Discursiva). No es un mal currículum. De esta forma llegamos hasta Recuerda que morirás, de la que vamos a hablar aquí. Tengo que decir que echo de menos que los editores tratasen la obra con un poco más de mimo. Algunos errores de puntuación y de ortografía, así como de espaciado (llamadme tiquismiquis si queréis) entorpecen un poco la experiencia de la lectura y denotan descuido por parte de Titanium. Espero que, de haber una segunda edición, la cosa cambie.

     La novela podría ubicarse en el género de novela negra sobrenatural. Un relato policíaco que ahonda en situaciones más allá de la razón humana y que escarba en la vieja ambición de la inmortalidad. No quiero destripar mucho la historia. La novela comienza con un asesinato de apariencia ritual, una criatura de tenebroso origen que infunde el miedo a lo desconocido. A partir de ahí arranca una trama que resulta ser una lucha contrarreloj contra la oscuridad, con ramificaciones en un pasado terrible. La historia entretiene, hay que decirlo, e intriga. El elemento sobrenatural está equilibrado con el noire, creando un cuadro eficaz al servicio de la trama. 

     El relato lo protagonizan tres personajes al borde del abismo (permítanme el tópico): El inspector Güell, un policía en la clásica línea de los tipos duros propios del género, rallando el fascismo, nostálgico de modos policiales más expeditivos. Un Harry el Sucio a la madrileña, vamos. El segundo en liza es Pablo Carrera, un jovencísimo profesor universitario de teoría del teatro (Mundo helenístico y romano), cuyos discursos en el aula suponen, en cuanto lo meramente textual, los mejores momentos del libro. Por último, tenemos a Alba Santos, hermana de una de las víctimas, arquitecta caída en desgracia por plagio. Este trío de personajes turbios, llenos de dobleces, gira sin saberlo en torno a una historia que supera su imaginación, su carácter racional, que sobrepasa el mero hecho de la muerte. Los personajes están bien trazados, aunque cuesta bastante empatizar con cualquiera de los tres. No sé si era la intención del autor, pero es difícil desarrollar algún tipo de vínculo con ellos, por lo que a veces el lector se despega de la trama sin darse cuenta. 

     En cuanto al estilo, he de decir que Julián maneja los resortes del lenguaje con destreza. Sin embargo, hay ciertos párrafos que pecan en lo que entiendo como "defecto Blomkvist", por el autor de la trilogía Millenium. No sé si el autor ha perdido su tiempo leyendo cualquiera de estos tres libros o sus lecturas son más selectas. Por el nivel cultural que muestra en el libro me inclino por lo segundo. Sin embargo, hay cierta profusión de detalles en los que ambos autores caen que a mí, particularmente, se me atragantan; como aclarar cuál es el porcentaje de coches camuflados en relación al parque móvil de la policía de Madrid, por poner un ejemplo. Igual el problema es mío, que soy muy partidario de la tijera en la prosa. Creo que a veces esos párrafos generan un problema de ritmo y restan fuerza poética al texto. 

     Recuerda que morirás es, finalmente, una novela efectiva, con el acierto de mezclar el noire, el terror, las referencias al mundo clásico, al medievo y lo sobrenatural. En ella se nos plantea la pregunta de qué estamos dispuestos a hacer para evitar la muerte. A mayores, nos arrastra a lo más oscuro de la maldad humana en una espiral sin concesiones a la esperanza, con raíces clavadas en ámbitos del poder que solo llegamos a atisbar. Una carrera hacia adelante de unos personajes sin opción a la esperanza que no imaginan el horror que se van a encontrar a lo largo del relato. Un horror ancestral y olvidado, una peligrosa ambición que deshumaniza y destruye. 


miércoles, 9 de septiembre de 2020

TODO ERA UNA BROMA, DAVID

     Hace ya tiempo que terminé de leer La broma infinita de David Foster Wallace, libro del que ya hablo en un artículo anterior. Ahora, por fin, he llegado al final de ese extraño camino que nos plantea el autor, así que ya puedo hablar con un poco más de conocimiento de causa... Un poco sólo, no creáis. 
Siempre he argumentado que me encantan los libros que te puedes plantear como reto, esas obras que te agarran por las solapas del intelecto en un duelo del que no saldrás indemne, y la novela de Foster Wallace lo es. No te engaña, ya con el título te advierte que estás ante algo difícil de abarcar, y que no deja de ser una broma. Sin spoilers, es la cara que se me quedó al terminarlo.
Yo ya me había enfrentado al autor con La escoba del sistema, libro menos ambicioso, pero igual de retorcido en su manera de contar cosas aparentemente intrascendentes. Ahora se trataba del plato fuerte, de la obra magna de un escritor siempre peculiar, cuya trágica muerte nos ha privado de una trayectoria que no tendría límites. 
     En su Broma cuenta la saga de los Incandenza, una familia en torno a una escuela de tenis - el autor jugó al tenis de competición durante años - en un mundo con Canadá, México y Estados Unidos formado un sólo país. Hay varias presuntas tramas, y digo presuntas porque siempre parece que va a pasar algo, pero bueno... Hay una película que engancha a la gente al punto de dejarlos catatónicos, hay un padre suicida, consumo de toda clase de sustancias, y, como no, una sátira del sueño americano. Es, en resumen, una constelación de relatos que se superponen a la que hay que añadir infinidad de notas que amplían las tramas hasta el infinito. 
     Lo que nos plantea el autor es un experimento largo y difícil, una metáfora sobre el entretenimiento en la sociedad americana, tanto el audiovisual como el químico. No es un libro agradecido, cierto, hay que entrar en él con ganas, la mente abierta y el cerebro descansado. Exige un compromiso serio. De hecho el otro día leí que lo mencionaban en una lista de obras con mayor número de abandonos. Sin embargo, si uno es capaz de entrar en la urdimbre de historias que plantea se encontrará ante un mundo peculiar, absorbente, en el que existen bebés gigantes y catapultas que lanzan la basura a una gran concavidad que ocupa kilómetros y kilómetros... Algo distinto, al fin y al cabo.
     Para mí, este libro encierra también una sutil parodia de la gran novela americana, ese género de novelas larguísimas que tanto gusta a los autores de los Estados Unidos, y lo hace con una radicalidad que nos hace plantearnos los límites de la novela, si es que este género tiene alguno. Foster Wallace golpea con saña en la cara de los Roth, DeLillo y compañía, reventando los códigos del género de mil formas: la difuminación de las tramas, el número ingente de notas al margen, que constituyen un crisol de historias nuevas, etc... Y cómo no mencionar el extraño mundo en el que se desarrolla la trama, con  bebés gigantes, la catapulta de basura (sí, hay una catapulta que la lanza hacia un gran agujero a miles de kilómetros), y el movimiento terrorista de independentistas quebequenses en silla de ruedas. Una amalgama de rarezas que sólo podía salir de la retorcida y medicada mente de su autor.
     A estas alturas de mi vida, reconozco que no he tenido el valor para enfrentarme al Ulises, del que su autor decía que estaba escrito para ocupar a los críticos durante cien años. En parte, también es por mi rumbo errático a la hora de escoger las lecturas, aunque por otro lado también tiene que ver con cierta pereza. Sin embargo, la novela que ocupa este artículo es una cumbre, y al terminarla me siento como si hubiese escalado un ocho mil. Además de su manifiesta complejidad, hay una serie de intangibles en su estilo que ya se adivinaban en La escoba del sistema (siempre me da pena no saber inglés para acceder al original), un "algo" diferente en la forma de contar, de decir, que vuelve cualquier hecho, por intrascendente que sea, en algo atrayente a los ojos del lector; siempre que sea un lector voluntarioso y valiente. 
    Llegado a este punto de mi redacción, sigo sin atreverme a recomendar su lectura. Este texto, más bien, es una advertencia, un abandonad toda esperanza, aquellos que entréis, ante un libro decididamente singular. Más que una novela, un desafío que no deja de ser divertido una vez que uno es capaz de introducirse en su peculiar universo. El sueño americano, que ya he mencionado, se derrumba hecho trizas, onnubilado por distintas clases de narcóticos, deshecho por la cultura de la imagen, golpeado por las exigencias del deporte de elite (Foster Wallace fue tenista en su juventud), al mismo tiempo que la novela como tal se nos deshace entre las manos. 
     Todo esto, después de todo, no es más que una broma infinita.